martes, 18 de marzo de 2014

Pequeñas.

Estaba tan perdida que se desorientaba entre las pequeñas gotas de lluvia que abrazaban el cristal de su ventana. Pequeña. Impotente. Nada. Podrían bailarla a su elección, se dejaba guiar por esos remolinos que pasaban por su vida. Siempre se había guiado por el viento, ahora tocaba luchar en contra. Cerraba los ojos. Los abría y veía un colibrí. Sencillo. Sin cadenas al espejo. Cerraba los ojos. Abanicaba sus pestañas y aparecía una rata callejera. Solo podía desplazar ese trozo de sacapuntas, aquel objeto infantil se había convertido en su salida de emergencia. Cerraba los ojos. Un colibrí al menos. Al más no había suerte. Una sucia cucaracha había infectado el cristal. Sus asquerosas patas rechinaban, riéndose de ella. Las justificaciones que salían del bicho la golpeaban hasta dejarla tirada en el suelo. Aquella horrible criatura tenía razón. Si aparecía más que el colibrí sería que el espejismo era ese que tanto ansiaba. Esperanza falsa. Si no se quería ella, ¿cómo pretendía que lo hiciera alguien? Su exterior estaba podrido y dentro de ella, sus flores se marchitaban por momentos y con ellas, los bichos se multiplicaban. Las pequeñas sombras se dirigían hacia lo único valioso que encontraban en ella, un anillo de plata que siempre llevaba en su dedo corazón. Plata. Les repelía. Daban pasos atrás y salían por aquellas líneas. Aquellos dibujos en su piel. Invitaban a repasarlas.

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